El ciego que recobró la vista

Por el padre Miguel Ángel
padremiguelangel@yahoo.com.mx

Había una vez, hace cientos de años, en una ciudad de Oriente, un hombre que una noche iba caminando por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida. La ciudad era muy oscura en las noches, sin luna como aquella. En determinado momento, se encuentra con un amigo. El amigo lo mira y de pronto lo reconoce.

Se da cuenta de que es Guno, el ciego del pueblo. Entonces, le dice:

-¿Qué has hecho Guno, tú ciego con una lámpara en la mano…? ¡Si tú no ves!-

Entonces, el ciego le responde:

-Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren el camino cuando me vean a mí… No sólo es importante la luz que me sirve a mi, sino también la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella.

Cada uno de nosotros puede alumbrar el camino para uno y para que sea visto por otros, aunque uno aparentemente no lo necesite.

Alumbrar el camino de los otros no es tarea fácil… Aunque muchas veces, en vez de alumbrar, oscurecemos mucho más el camino de los demás… ¿cómo? A través del desaliento, la crítica, el egoísmo, el desamor, el odio, el resentimiento…

¡Qué hermoso sería si todos ilumináramos los caminos de los demás!, sin fijarnos si lo necesitan o no… Llevar luz y no oscuridad… si toda la gente encendiera una luz, el mundo entero estaría iluminado y brillaría día a día con mayor intensidad…

Todos pasamos por situaciones difíciles a veces… Todos sentimos el peso del dolor en determinados momentos de nuestras vidas… todos sufrimos en algunos momentos, lloramos en otros, pero no debemos proyectar nuestro dolor cuando alguien, desesperado, busca ayuda en nosotros… no debemos exclamar como es costumbre: “La vida es así”, llenos de rencor, llenos de cinismo, apatía u odio…

¡No debemos!, al contrario, ayudemos a los demás, sembrando esperanza en ese corazón herido…. Nuestro dolor es y fue importante, pero se minimiza si ayudamos a otro a sobrellevarlo… ¡Luz, demos luz…! Tenemos en el alma el motor que enciende cualquier lámpara, la energía que permite iluminar en vez de oscurecer…

Los domingos anteriores hemos contemplado a Jesucristo venciendo la tentación del demonio del demonio, trasfigurándose en el mote Tabor y convirtiendo a una mujer.

El ciego de nacimiento, del que nos habla hoy el santo evangelio, posa su primera mirada luminosa sobre Jesús, que le acaba de dar, con un milagro portentoso, la vista de los ojos del cuerpo.

Jesús se fija en el ciego, sin que éste se lo pida. Llevado de su bondad y de su misericordia, se acerca a él. Se propone dar vista a aquel ciego y lo hace de la manera más inesperada. Le unta los ojos con lodo, hecho del polvo con su saliva, y le manda ir a lavarse a la piscina de Siloé. El ciego obedece esperanzado; ejecuta las órdenes de Jesucristo y obtiene, de la manera más inesperada, la vista.

El señor se puede servir de medios, al parecer contraproducentes, para acercarnos a él; para darnos la vista sobrenatural; para que sepamos distinguir los valores morales y sobrenaturales; que muchas veces se nos escapan; para que aprendamos a mirar y valorar las cosas según el valor real que tienen ante Dios. Para ello, es necesario que, como el ciego, obedezcamos siempre a Dios; que cumplamos lo que nos diga, aun cuando a veces nos parezca absurdo. Seamos humildes, dóciles, obedientes. De éstos es el reino de los cielos.

Jesús nunca hace sus obras a medias: al ciego, después de haberle curado los ojos del cuerpo para que pudiera ver las maravillas de la naturaleza, le abrió los ojos del alma para que pudiera reconocer con fe al Hijo de Dios. Señor: concédele esa luz a nuestros espíritus: Señor auméntanos la fe, para que reconociéndote en esta tierra con nuestras firmes creencias, podamos verte un día cara a cara, tal cual eres Tú, Dios Verdadero, en la eternidad feliz.

Y Jesús lo hizo ver: También a nosotros nos va a conseguir ese favor: hacernos ver. Lo concederá si le pedimos con fe. Es un milagro grande pero El lo puede hacer. Ver la vanidad del apego a las criaturas como san Francisco de Borja al contemplar convertido en pus y gusanos el rostro del cadáver de la mujer más bella de su tiempo, lo cual le hace exclamar: ¡No quiero servir más a reinas que se me van a morir! –Ver la responsabilidad de lo que decimos, como aquel papá que tenía un vocabulario grosero y un día leyó dos frases del evangelio que lo hicieron cambiar: “De toda palabra dañosa tendréis que dar cuenta el día del juicio”, y “ay de aquel que da mal ejemplo a los pequeños: más le valiera que le colgaran al cuello una gran piedra y lo echaran al fondo del mar” – y se dio cuenta de la responsabilidad tan grande del que dice lo que no debe decir. Ver: cómo el que hasta ahora ha sido tacaño en dar a los pobres o al Señor, y de un momento a otro se da cuenta que la limosna borra muchos pecados, y que el que poco cultiva poco cosechará y se dedica a dar con mayor generosidad. Señor: que veamos…

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