Por el padre Miguel Ángel
Padre.miguel.angel@hotmail.com
Pasó una semana después de que Jesucristo resucitó y se volvió a presentar ante sus apóstoles estando ya Tomás y les saludó diciendo: ¡La paz esté con ustedes!
Todos los hombres buscan la paz, pero no todos la hallan. Los reyes persas, para dormir ponían en su almohada 50,000 talentos de oro, suma exorbitante. El emperador Calígula no se contentaba con la guardia nocturna, sino que quiso que velasen su sueño hasta las fieras, para que nadie pudiese penetrar hasta él. Artenón puso un escudo enorme sobre su cabeza, para que, si caía el techo durante la noche, no lo matase. ¡Todo en vano! Como dice un proverbio alemán: “La almohada más blanda para dormir es la buena conciencia”.
Jesús trae a los hombres la auténtica paz. La Escritura le llama “Príncipe de la paz” y su típico saludo es siempre el mismo: “la paz con vosotros”.
Nuestro mundo está necesitado de paz. Pero hay una paz falsa y una paz verdadera.
Paz falsa es:
La indiferencia por los demás; el equilibrio entre dos fuerzas contrarias; la tregua entre dos contendientes.
La paz verdadera es –como dice el Papa-, “la seguridad, la paz es el orden. Un orden justo y dinámico que se debe construir continuamente… La paz no es una flor espontánea de nuestra árida tierra, carente de amor y empapada de sangre. La paz es fruto de una transformación moral de la humanidad. Exige un cultivo…”
La paz que nos trae Cristo es un don de Dios, algo que no podemos merecer por nosotros mismos. Esta paz de Cristo tiene dos características: excluye todo temor, y hace la unión entre los hombres.
La paz de Cristo comienza en el corazón de cada uno, para derramarse luego, como un río, en nuestros hermanos. Si los hombres nos encontramos enfrentados unos con otros, se debe en gran parte a que no acabamos de tener paz con nosotros mismos. Las pasiones de la envidia, los celos, la lujuria o la ira… nos desgarran por dentro y hacen casi insuperable la tarea de la paz con los demás.
Cristo hoy, al regalarnos su paz, nos dice que no nos desanimemos en la conquista de la paz. Luchemos denodadamente por que la paz florezca primero en nosotros, luego ensanchemos el círculo a nuestra familia, después a nuestra ciudad, luego a nuestra Patria y, finalmente, al mundo entero.
Luchemos por ella sabiendo que la paz “exige la revisión de los abusos y coincide con la causa de la justicia”, al decir de Pablo VI.
El mundo moderno es un mundo atormentado, sin paz. Está simbolizado en la figura del apóstol Tomás. El mundo moderno, como Tomás, es pesimista, materialista, sólo cree lo que toca, lo que palpa, se resiste a creer. Y se siente desgraciado por no creer, se siente infeliz por no esperar, sufre por no poder amar.
La fiesta de la Pascua de Resurrección nos llama a la alegría; pero no a una alegría cualquiera, sino a esa alegría íntima que brota de lo más hondo del corazón. Quienes vean a los cristianos en esta Pascua de Resurrección deben poder recapacitar que Jesucristo resucitado vive en nuestros corazones; que Cristo continúa encendida a nuestra vista. Esta alegría nuestra, nadie ni nada nos la podrá quitar.
Que en esta Pascua florida todos nosotros resucitemos con Cristo a nuestra vida que él nos trae. Que esta nuestra resurrección sea verdadera y duradera.


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