Por Flavia M. Bustamante F.
El pasado Viernes Santo, en una mañana soleada alrededor de 300 personas nos congregamos en las afueras de la parroquia del Espíritu Santo, en Tepatitlán, para marchar rumbo al tradicional Víacrucis.
El Víacrucis es quizás la más bella y antigua devoción que ha brotado del pueblo de Dios en su afán de reproducir los misterios de la pasión y muerte de Jesucristo.
Es hacer memoria del camino de la cruz -la palabra latina "viacrucis" se traduce por la española "camino de la cruz"- de Jesucristo. Es acompañar al Señor en las intensas horas del dolor y amor más grandes. Es compartir y completar en nosotros lo que le falta a la pasión del Salvador.
Aproximadamente a las 11:30 horas se representó la primera de catorce estaciones donde Jesús es condenado a muerte. Con fuerte voz el joven que representaba a Poncio Pilatos preguntó a la multitud que se encontraba allí quién merecía ser liberado, y todos respondimos al unísono “Barrabás”, y tras el momento en que se lavó las manos se dio comienzo al Víacrucis encabezado por el sacerdote Carlos Rafael y los seminaristas Rubén y José Luis.
Las sucesivas estaciones se hallaban en las cercanías de la Parroquia, donde los vecinos se ofrecieron para instalarlas frente a sus casas pequeños escenarios para la representación.
En cada una de ellas esperaban las personas que se fueron sumando a la multitud, conformada principalmente por jóvenes y familias, mientras que aquellos que no podía movilizarse por sus propios medios como los ancianos, aguardaban sentados en las banquetas. Hasta los vendedores de “bolis” estuvieron presentes.
El grupo de Pascuas del Espíritu Santo dirigido por Miriam Adriana Gutiérrez y conformado por cuarenta adolescentes, fue el organizador de este encuentro sencillo pero no menos emotivo; algunos estuvieron a cargo de entonar cánticos, y otros tomados de las manos rodeaban el lugar por donde los distintos personajes harían las representaciones.
Las catorce estaciones recordadas fueron muy bien dramatizadas por los jóvenes, sobre todo aquellas tres donde Manuel, quien representaba a Jesús, caía con su cruz.
Durante todo el recorrido Jesús estuvo acompañado por los ladrones (Juan Carlos y Edgar) y escoltado por los soldados romanos (Miguel y Eduardo).
Otros personajes se fueron incorporando, como María representada por Alma, que en la IV estación se encuentra con Jesús; el Cirineo (Kevin) que ayuda a Jesús a cargar la cruz en la V estación.
Pasado el mediodía, en un montículo al costado de la avenida Carnicerito sucedieron las cuatro últimas estaciones ante la mirada de las personas que en silencio observamos cómo Jesús era despojado de sus vestiduras para ser crucificado y posteriormente su muerte.
Mientras tanto, a sus pies estaban María y María Magdalena (Gema), y a un costado se hallaban Cheli, Miriam, Fany, Liliana y Marta personificando a las mujeres de Jerusalén, quienes simulando un llanto presenciaban el momento en que el Señor es descendido de la cruz por Juan (Juan) y José de Arimatea y entregado a María y María Magdalena para ser sepultado en la escena final.
Tras la bendición del sacerdote, uno a uno nos fuimos marchando y reflexionando sobre todo lo que habíamos presenciado.
Mientras tanto en Roma...
En el Coliseo de Roma el Papa Benedicto XVI presidió el Víacrucis, a la vez que meditó sobre la persecución de la iglesia Católica en diversos lugares del mundo.
El Pontífice encargó las meditaciones al cardenal arzobispo de Hong Kong, Joseph Zen Ze-Kiun.
Benedicto XVI portó la cruz al final de la última estación del Víacrucis, en una noche fría y de incesante lluvia.
Señaló que "los coliseos se han multiplicado a través de los siglos, allí donde nuestros hermanos, en varias partes del mundo, como continuación de la Pasión del Señor, vienen siendo aún hoy duramente perseguidos".
Por su parte miles de peregrinos católicos llegados del mundo entero llevaron adelante la tradicional procesión del Víacrucis en la Ciudad Vieja de Jerusalén, que recuerda la crucifixión de Jesús.


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