El último mesón

Por Juan Flores García

En Tepa tuvimos muchos mesones, como el de el Nuevo Mundo, del que fue dueño don Victoriano Rivera, allá por la calle Donato Guerra; El Mesón de la Cruz de Telésforo González; el Mesón de los Naranjitos de Cenobio Barba; el de don Jesús Muñoz; el de doña Elena Franco; o el Mesón de la Unión de Juan Aceves.

Cerca de este mesón, en la esquina de Pedro Medina y Vicente Guerrero, donde estuvo también el que fue de doña Cuca, estuvo con su negocio don José González, papá de los hermanos González Cuevas.

A él le favorecía su buen carácter de comerciante, atento con sus clientes, les brindaba toda su atención. Cerca de esos mesones vendía varios bultos de petates cada domingo, con la llegada de mucha gente a esos lugares.

Este petate se usaba mucho para tenderse a dormir, se vendía a las personas que venían del rancho y a su regreso lo llevaban enrollado sobre su espalda.

Considero que fue don José el primer tianguista en Tepa. Los domingos ponía sobre una tarima de madera apoyada sobre cajones, a lo largo de la orilla de la banqueta, aquel largo puesto de fruta, siempre tenía una gran cantidad y variedad de ésta. Su limpieza era única, todo el aseo posible le daba a esa mercancía.

Fue el primero que vendió en Tepa en el año de 1951, el trapeador de tiras de tela que hoy tanto se usa; se lo traía Timoteo Alcalá. Muchas ganas tenía de mencionar a este caballero, dedicando un espacio para hablar de este negocio que fue su vida. Con esos señores comerciantes se sentía seguro el cliente de lo que compraba.

A los chamacos nos daban aquel tan mencionado pilón, pero no este lujoso pilón que tanto anunciaban por televisión. Aquél, ya también mencionado, era atractivo, gustosos saboreábamos aquel piloncillo, o el puño de galletas de animalitos o la bolita de dulce.

Así como este pilón era sabroso y lo disfrutamos, tanto hoy saboreamos recordar a don José con su gran puesto de fruta.

Pero todo desaparece y fueron yéndose estas personas tan queridas, así como también desaparecieron los mesones; sólo quedó como testigo fiel al tiempo el último mesón, el de don Exiquio Cervantes, el de la calle cerrada por Mapelo. El que su piso sostuvo aquellas ruinosas paredes de grueso y largo adobe. Es posible que este fuera el más grande de todos. Su amplio portón daba entrada a quien con sus atajos ocupaba su espacio.

Hasta hace poco tiempo todavía sus dueños Ramón y Alfonso Padilla conservaron en pie aquel caserón tan grande, ya no para el fin que fue hecho, sino para dar cabida a familias humildes que vivían en él. Además de aquellos vendedores que andan de feria en feria con toda clase de mercancía, llegaban al Mesón de la Calle Cerrada y en él ocupaban un espacio durante los días de las fiestas. Los que caminábamos por esa calle, grabábamos en la mente las figuras típicas de aquellos hombres del camino y sus animales que sobre el empedrado plantaron sus pisadas que dejaron eco, que con el paso de los años, el ruido de tanto carro se encargó de borrar.

Continuemos con ese mesón que fue el último. Cerca de él a un lado se encontraba y que según mi parecer, se relacionaba, una persona que desde hace muchos años tenía una bodeguita donde guardaba fruta para vender, también hacían trabajos de carpintería, sillas de aquellas tejidas su asiento con lazo, bajitas o altas.

Ahí debajo de ese tejabán trabajaban a mano, sencillo, bonito, a la antigüita. En ese lugar olía a naturaleza.

El olor de la fruta y el de la madera hacen sentir nostalgia del tiempo, por aquello que conocimos, ahora borrado por necesidad de espacio, ni rastro quedó de aquello que fue mesón. Todo ese lugar está convertido la mitad en estacionamiento para recibir a tanto carro que ya no cabe a lo largo de las calles, para dejarlos todo el día y la otra mitad en la Farmacia Tepa.

Mientras tanto, recordemos desde estas líneas a Ramón y Alfonso Padilla que por más de cincuenta años atendieron aquel mesón, y por eso decimos que así fue Tepa en el tiempo.

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