Por el padre Miguel Ángel
Durante las olimpiadas de Verano de 1992, un joven corredor
estadounidense de larga distancia, Derrick Redmond, corría al frente de su
grupo muy dispuesto a ganar la carrera. Súbitamente, en la vuelta final, se le
paralizó un tendón de la pierna.
Cayó al piso en agonía y sus compañeros lo esquivaron mientras lo
pasaban. Sus padres y amigos dejaron escapar un gemido colectivo, al igual que
millones de estadounidenses que estaban observándolo vía satélite. Entonces,
con gran dolor, se levantó de la pista y comenzó a saltar sobre su pierna en
dirección a la línea de llegada.
Los últimos rezagados lo pasaron. La gente de los costados de la
pista que temían por su salud le gritaban que se acostase. Sin embargo, él
siguió saltando. Mucho después de terminada la carrera, seguía saltando. El
necesitaba recorrer todavía cerca de 90 metros cuando una figura saltó a las
tribunas y comenzó a saltar por encima de las personas, sillas y de la valla de
contención.
Era Jim, su padre. Corriendo hasta don se encontraba su hijo, pasó
un brazo por los hombros y juntos, en parte a saltos y en parte corriendo
hicieron el resto del camino. El no consiguió una medalla de oro ese día, pero
todos los que lo vieron a él y a su padre lo sabían...Ellos tenían corazones de
oro.
El honor espera a aquellos que terminan la carrera. Una vez que
empieces una tarea, nunca la dejes hasta terminarla. Ya sea trabajo grande o
pequeño, bien hecho o no. ¡Persevera, no estás solo!
Muchas veces en nuestra vida ordinaria nos disponemos a iniciar
actividades que desgraciadamente nunca continuamos, sino que las dejamos a
medias.
Recuerdo que cuando yo estaba en la secundaria, varios de mis
compañeros compraron guitarras para aprender a tocarlas, pero con el paso de
los días y de las semanas, muy pocos continuaron el aprendizaje y por supuesto
los instrumentos musicales se fueron quedando en un rincón.
Hace falta que todos seamos constantes y valientes para no
desanimarnos ante las dificultades.


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