Tepatitlàn en el tiempo

Haciendo colchas


Por Juan Flores García


En el año de 1958, nuestra floreciente industria del punto de cruz se hizo presente, porque en esa fecha ya se conocía con la fabricación de colcha, en Tepa a nivel población casera, hasta que hubo personas que, interesadas en la compra y venta de mayoreo, empezaron a adquirir mercancía y viajar a otras ciudades para venderla.

Tal fue el lugar que ocuparon en este quehacer don Leandro y su esposa Teófila Martínez, su hijo Arturo y su esposa, luego Ana María Estrada y Rodolo Padilla, las hermanas Ontiveros, las hermanas Franco y las hermanas Cholico, cosían colcha y eran maestras. Como la unión hace la fuerza, hubo más trabajo y por lo tanto más entradas de dinero, aumentando la economía de sus hogares. La bonanza se dejó sentir, pues creció la confianza en la producción de toda clase de objetos para el hogar, principalmente las colchas. Muy usual se vio por las tardes grupos de damitas en un lado de la puerta de su casa, reunidas bordando las piezas que forman la colcha. El trabajo del bordado vino desplazando en número considerable, al punto de cruz.

En alguna ocasión hemos hablado de este artículo considerando su importancia, nos ocupamos de nuevo señalándolo. Las colchas que como mercancía de uso especial en los hogares, haciendo juego con la funda de la almohada y demás prendas luciendo su buena hechura y conservando su calidad tan fina.

Cada domingo, acudimos al tianguis, lugar público para comprar alguna prenda. Por muchos años este lugar, el tianguis de colchas como se le dijo, atrae a una buena cantidad de clientes que vienen de otros lugares. Por supuesto que este comercio deja jugosas ganancias. ¿Cómo empezó este negocio? Ya mencionamos y dijimos cómo nuestras madres y familiares, como no tenían oportunidad de trabajar fuera de casa, ya que nuestros padres se hacían cargo del sostenimiento de la familia, no importando lo numerosa que fuera, ni las carencias que hubiera, además de que no había los medios de empleo en que fueran empleadas, se veían en la necesidad de llenar su tiempo una vez terminada su labor del hogar, haciendo tareas manuales, con la venta de las cuales ganaban unos pocos centavos (porque eran centavos los que les pagaban por su trabajo).

Por la tarde se reunían en grupo fuera de la casa de alguna de ellas y platicando de cosas varias y tarareando alguna canción, con gran habilidad hacían aquel famoso punto de cruz en carpetas, fundas, tapavasos y algunas cosas más. También hacían filigrana, manteles de malla, sevillanas de tul, manteles y colchas de gancho. A veces, parados en las esquinas de la cuadra se veía a uno o dos jóvenes observando, cómo atareadas, ejecutaban aquel tan hermoso trabajo. ¿Cuánto ganaban al día? ¡poquísimo! no compraban con lo que obtenían de la venta de sus manualidades ni un par de medias a la semana, de aquella de hilo marca Pandora que costaban a un peso cincuenta centavos. Así gastaban su energía, su vista, su pulmón, todo por adquirir algún dinero.

Hace ya algunos años se les ocurrió salir el domingo a la Plaza Morelos a vender su mercancía directamente. Allí empezó el comercio, ya que reunían todo lo elaborado en la semana y ofrecían directamente a mejor precio. Así de la penuria se pasó a la prosperidad. Se extendió tanto este negocio, que fue perdiendo todo su origen y finalidad para el que se estableció en ese lugar, el "Tianguis de las Costuras", como se le conoció. Ahora poco hay de punto de cruz, aquella sevillana de tul, ya no se conoce la filigrana, es cosa del pasado, el mantel de malla ha sido sustituido por otros más elegantes quizá, pero no con el mérito de ser hecho por aquellas finas manos que amorosamente iban hilando hebra por hebra dando forma a la prenda. Ni el mantel o la colcha de gancho tan diestramente tejidos que tan elegantes lucían en la mesa o en la cama. Por eso decimos que así fue Tepa en el tiempo.

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