Sumario: Al amigo que murió



Al amigo que murió

Hace poco más de 30 años conocí en el Puerto de Veracruz a un hombre muy trabajador y muy honrado. De los de antes pues... No era veracruzano, había nacido en Manzanillo, Colima donde creció y donde tuvo que esperar a tener la edad suficiente para ingresar a la Armada de México allá por el año de 1929.

Así que fue pues marinero. Y no de agua dulce precisamente... sino que cruzó los 7 mares -como dice la canción de José Alfredo Jiménez- y como era navegante vivió entre las tempestades, hasta que -seguramente porque ganaría más- se dio de baja en la Armada y se enroló en la Marina Mercante, donde trabajó otros años para regresar más tarde a la Armada.

Contaba que conoció así el mundo, trabajando, y cuando alguien le preguntó recientemente si conoció el buque Guanajuato -ahora museo flotante frente a Boca del Río- contestó: "¡Cómo no lo voy a conocer! si yo fui por él a España". Cuando lo adquirió la Armada de México, se entiende, como se entiende también que viajó como parte del grupo de marineros que fue a traerlo...

El caso es que como marinero llegó al Puerto de Veracruz. Y ya sea porque le gustó más el ambiente jarocho que el de su tierra natal, o porque después de navegar durante 17 años ya se había hartado de andar desafiando los peligros de los siete mares, don Jesús decidió dejar otra vez la Armada y sentar cabeza en tierras veracruzanas. Trabajó en esto y en aquello hasta que decidió dedicarse a construir escaleras, de mármol, de granito, de lo que pidiera el cliente, aprendió el oficio y empezó a trabajar por su cuenta.

Así fue como conoció en el Puerto a Ernestina, a la que sin más ni más le preguntó si quería casarse con él. Ella habló con su familia, le dieron permiso, se hicieron novios y al poco tiempo se casaron en una boda doble, ya que una hermana menor de Ernestina tenía planeado casarse unos meses antes y al enterarse decidió esperarlos para hacerlo el mismo día.

Tuvieron tres hijos, a los cuales conocí antes que a sus padres, primero al de en medio, luego al mayor y finalmente al más chico, con el que conviví poco porque estaba muy chavo en ese tiempo. Fue el de en medio el que me invitó a su casa y ahí fue donde conocí a don Jesús y a doña Ernestina, iba seguido a comer, lo mismo comía el de en medio en mi casa que yo en la suya, así que nos veíamos con frecuencia.

Y aun muchos años después, viviendo el que esto escribe en Tepatitlán, lejos ya de Veracruz, cuando por alguna razón íbamos al Puerto era obligada la visita a la casa de don Jesús donde con gusto nos daban posada, así que lo seguí viendo hasta hace unos cuatro años.

El martes pasado lo vi por última vez. Estaba su cuerpo tendido dentro de un féretro, alrededor del cual había muchas coronas de flores con sus listones indicando quién las envió: El COBAEV 50, Compañeros de Oficina, Programa En Abierto, Raúl Antonio Gómez, Comisión Estatal para la Defensa de los Periodistas, General Brigadier Juan Manuel Orozco Méndez, Reynaldo Escobar Pérez, Alfredo Gándara, Fidel Herrera Beltrán, Fidel Herrera Beltrán y Rosa Borunda de Herrera, Fidel Herrera Beltrán y Familia...

Ernestina no me reconocía... sentada a un lado de la caja que contenía los restos de su marido se me quedaba mirando nomás y tratando de adivinar quién era el que la saludaba. Es Gustavo -le dijo el de en medio-, el hermano de Carlos. "No pues no..." ¡¿Cómo no se va a acordar de mí! -le pregunté-; qué no se acuerda que cada vez que iba yo a su casa trataba usted de evangelizarme y que nunca pudo?. "Aaaah pues sí... ¿de modo que tú eres aquel hereje amigo de mi hijo...? Qué bueno que viniste, gracias por acompañarnos..."

Y empezamos a platicar... De cómo conoció Ella a don Jesús, de cómo se hicieron novios y cómo se casaron, "era un buen hombre, nunca nos faltó nada, siempre vio por sus hijos y estudió el que quiso, el más grande ya ves, es ingeniero, el de en medio pues es tu amigo... Y bien, siempre me trató bien, si decía pues salimos, pues salíamos a pasear, y si decía pues no salimos, pues nos quedábamos en casa... Y sí bailaba cómo no... y a mí me gustaba bailar. Creo que fuimos felices, con sus asegunes como en todo, pero sacamos adelante a los muchachos que es lo más importante..."

Me dicen que como a las 9 de la noche del lunes llegaron a la funeraria el gobernador de Veracruz Fidel Herrera Beltrán y su director de Comunicación Social Alfredo Gándara a darle un abrazo al de en medio, al mayor y al más chico, y a Ernestina por supuesto; y que había otras personalidades que ya no vimos porque nosotros llegamos a las 12 de la noche desde Xalapa. Pero al día siguiente muy temprano llegaron Uriel Rosas, Raymundo Jiménez, Felipe Hakim, José Ortiz Medina, Manuel Rosete, Yolanda Gutiérrez Carlín y otras amistades del de en medio.
¿Y por qué le platico todo esto? se preguntará el lector... Pues nomás porque el martes vi por última vez al hombre honrado y trabajador que conocí en Veracruz hace poco más de 30 años, y que murió a sus casi 96 años de edad dejando a Ernestina Velasco sola. Bueno, no del todo, la acompaña el más chico de sus hijos que se llama Rafael, y Chucho el más grande que vive en la casa de al lado, el de en medio no porque es Víctor Murguía Velasco y vive en la capital del Estado porque es el subdirector del Diario de Xalapa, pero va cada semana al Puerto a visitar a sus padres y no dejará de hacerlo ahora con Ernestina.

Todavía recuerdo la sorpresa que me llevé un día en la oficina del Ocho Columnas en Tepatitlán -hará unos 14 años de eso-, cuando de pronto apareció ahí Víctor Murguía pidiéndome asilo porque, dijo, iba huyendo del suegro que lo quería matar, un coronel del Ejército que no estaba de acuerdo con que fuera novio de su hija y pues... se la robó. "Ahí la traigo -dijo-, ahí está abajo esperándome con todo y maletas, a ver qué haces con nosotros..." Pues nada que los fui a esconder a Guadalajara mientras se le pasaba la muina al Coronel; estuvieron allá unos 10 días durante los cuales, a base de llamadas telefónicas con los cuñados y de la intervención de éstos ante el suegro pa que se calmara, las cosas se arreglaron y pudo volver la pareja al estado de Veracruz.

Y bueno pues... dicen que lo bueno y lo malo se heredan, pero don Jesús Murguía González dejó sólo buena simiente. Y si no ahí está mi amigo -el de en medio- para muestra. Otro abrazo Ernestina, otro abrazo Chucho, otro abrazo Fallo. Y que descanse en paz el hombre.

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