Por Juan Flores García
Hoy, majestuoso se encuentra el templo de la Santa Cruz, en lo alto de aquel tan conocido “Cerrito de la Cruz”. A setenta años de distancia, mencionamos este lugar como el lugar de aventura, ese montecillo retirado entonces del pueblo, se levantaba majestuoso, nos invitaba a penetrarlo para aventurarnos en su mezquitera, su palo bobo, sus garroños y otras variedades de árboles y arbustos que contenía.
De todos los barrios íbamos a ese lugar, armados con nuestra resortera, con la honda o la escopeta pisponera, pobre de aquel animal que encontráramos, todo pájaro a nuestro alcance era blanco para echarlo abajo. Todo aquel animal de tierra, desde una ardilla, tejón, armadillo, tlacuache, conejo, liebre y hasta víboras les tirábamos. En ocasiones andaba por ahí algún señor que con dos o tres burros que llevaba, cortaba su leña para traer al pueblo. O el arcón que traía para los tejabanes de teja.
Caminábamos por horas aquel monte del Cerrito de la Cruz en busca de cacería, a veces no cazábamos mas que unos pequeños sitos, estos eran nuestros alimentos, pero que felices éramos, en ocasiones regresábamos a la casa cargados con pequeños leños para justificar las rasgaduras de nuestra ropa, que al trepar a los árboles quedaba el pedazo de ropa. Así nuestra aventura para algunos resultaba costosa, pero que importaba, valían la pena estas aventuras.
Todo ese monte fue devastado hasta arriba de los viveros, el paso del tiempo lo ha destruido para ocuparlo en fincas que alejan a tantas personas. Hoy, en el Cerrito de la Cruz, se levanta ese templo que llama a los fieles a participar del culto. A mirar de frente toda nuestra ciudad, porque su vista abarca todo el panorama. Ahí está Dios, ahí estuvo siempre, cuidando de aquellos chamacos o jóvenes que íbamos a ese lugar. Nos cuidó y nos dio cabida en ese monte creado por Él para aquellas generaciones, cuando era pequeña la población de Tepa.
Al pie de ese monte está ese hermoso jardín que hoy sirve para que otra generación, disfrute de modo distinto, la pureza del aire que se respira. Es posible que algunos de los que participamos en aquellas aventuras vivan cerca de ese lugar. De ese lugar donde en su cumbre está la verdad. Donde subiendo esa cómoda escalinata, gracias a la obra que iniciara nuestro tan querido Señor Cura Zúñiga y que fue terminada con la cooperación de todos, llegamos a orar.
Gracias señor por haber convertido ese añorado ¡CERRITO DE LA CRUZ!, en un lugar que hermosea a sus cercanos moradores. Disfrutan niños, chamacos y jóvenes de ese lugar que fue el centro de recreación natural de una generación que ahora vive del grato recuerdo de haber hecho travesuras entre su monte, y por eso decimos que así fue Tepa en el tiempo.


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