Por Juan Flores García.
Para las diversiones de los jóvenes de ayer que practicábamos para pasar un buen rato, nos reuníamos los grupos del barrio y acordábamos escoger alguno. Niños, adolescentes y jóvenes participábamos. Por lo pronto, vamos a organizar carreras a pie. Niños entre los ocho y doce años de edad, nos parecía bien que dieran alrededor de la plazuela, que considerábamos que por lo menos abarcaba unos trescientos metros, los niños corrían dos vueltas, los adolescentes entre los quince años, cuatro vueltas y los grandes seis vueltas.
Para correr más a gusto, nos quitábamos la camisa y para más comodidad, los huaraches, decíamos, a pata rajada, a talón partido, a pata raíz, a uña pelona, en fin, descalzos. Así pues, ya preparados, a la cuenta de tres, ¡Salen! allá van nuestros “atletas”. Diez participantes, primer lugar; “El chirinas”, siguiendo los otros, los adolescentes, la gana “El pulgas”, ahora los grandes, grupo de ocho participantes “El Güero Lais”, Salvador González, Héctor Jáuregui, “El Diecisiete”, “El Tleinta”, Modesto Gómez, “La Liebre” y otros más. Terminada esta carrera, ganando “La Liebre”, así, seguido correteábamos respirando el aire puro.
Ya que de carreras hablamos, también hacíamos carreras en bicicleta. Estas las alquilábamos a don Salvador Padilla, tenía su local junto a la cafetería “La Chiquita”. Por veinte centavos la hora teníamos bicicleta. ¿De onde a onde nos echamos la carrera? De la esquina de la presidencia al puente de la Alameda, ¡Calle libre! Uno que otro coche o atajos de burros que si nos topábamos con ellos, los capoteábamos y seguíamos pedaleando para llegar primero. El deseo de ser el mejor en todo nos hacía superarnos.
Esta carrera, era de velocidad y de regreso al centro, era competencia de esfuerzo, a ver quién subía más pronto.
Independientemente de ésta hacíamos otra que era de puro esfuerzo, por las siete calles que son de subida a la unidad antes nomás llegaba a la calle Allende y como sabrán costaba más trabajo porque eran empedradas la que escogiéramos era buena, el caso era competir. Ni los burros se escapaban para montarlos y con ellos jugar carreras. Los había por todos lados y los rumbos. Allá para el Colegio Morelos rumbo a la gloria era bien bueno porque el terreno era plano para las carreras. Tan necesarios que fueron estos serviciales animales.
Así fuimos de buscadores de diversión. Todo nos servía. Hasta carreras de puercos hacíamos. Por los potreros soltaban la puercada para que se criaran y engordaban aquellos animales flacos que les decíamos talachudos, los amarrábamos del pescuezo con una soguilla que siempre cargábamos y hacerlos correr. Cuando teníamos la mala suerte de toparnos con sus dueños, patas pa’ cuando son, porque nomás nos llovían las pedradas que nos tiraba el corajudo dueño. Todo por disfrutar de aquella nuestra juventud en nuestro Tepa querido, por eso recordando nuestra sana diversión, decimos que así fue Tepa en el Tiempo.
Agradecemos sus comentarios a: jofloreso@prodigy.net.mx


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