Por Juan Flores García
Las costureras a mano que por su pobreza no tenían máquina de coser, eran las mujeres de los remotos tiempos de nuestras anteriores generaciones, que tenían que aprender a coser la ropa de la familia al crecer y formar un hogar.
La educación de la familia era muy estricta, sobre todo las de esta condición social y en particular en la mujer. La ropa de ésta era sencilla, de tela de algodón, se componía de dos piezas, para el hombre: calzón de manta larga y camisa de manga larga que se usaba gruesa para el trabajo, y la había más fina que le llamábamos planchada. La primera la usaba la gente del campo que por sus escasos recursos no alcanzaba para más. Saber el corte de la tela para las camisas, vestidos y otras prendas y los útiles de costura como lo eran; las tijeras que hasta la fecha conocemos y la aguja. La aguja de coser ha dado el nombre a todas las demás que se conocen siendo uno de los instrumentos más útiles no solo para la mujer, sino también para el sastre, el médico, el tapicero, el guarnicionero y hasta para los ciegos, quienes usan agujas especiales.
La aguja es la servidora cotidiana de la costura, la que distraía a la joven laboriosa, la que auxiliaba en sus importantes deberes a las madres de familia, la compañera inseparable y bienhechora del cirujano, desde que aproximadamente en 1830, la admitió la cirugía como un útil instrumento para culminar con una operación. La aguja sirve como pincel para los bellos trabajos. El dedal como es bien conocido, es un instrumento pequeño de metal u otro material, que se pone en la punta del dedo medio, para empujar la aguja sin riesgo de herirse cuando se cose. Además de coser, la labor de la mujer era: lavar, remendar, planchar, y otras faenas necesarias, podrían aprender a ejercitar su gusto como la labor de bordado.
La enseñanza de la niña era por dependencia que había en ellas. Se decía que esta virtud indispensable en la mujer debía acostumbrarse a ser el segundo eslabón de la cadena que forma la sociedad doméstica y que su esposo fuera siempre el primero. Debía presentársele siempre franca y leal, mostrándole el espejo fiel de su alma. Seguimos con el tema de la enseñanza de coser a mano; las principales clases de costura que eran estas: bastilla o punto adelante, consiste en ir pasando la aguja en línea recta tomando dos hilos por encima y dos por debajo, de modo que tirando de la hebra se pueda hacer toda la labor. Punto por encima: tiene por objeto unir dos telas por su orilla, como los paños de la sábana. Puntos atrás: consiste en introducir la aguja en cada uno de los puntos por dos hilos más atrás de donde se sacó y en sacarlas otra vez cuatro más adelante del que se introdujo.
Muy laborioso es este bonito y obligado trabajo de coser a mano que nuestras abuelas aprendieron y enseñaron a nuestras mamás. Conocimos a una honorable dama que ejecutó este quehacer desde muy pequeña, se llamó, Catalina Franco Tapia, hermana de Don Juan Franco Tapia que hace algunos años se nos adelantó a la edad de 98 años sin casarse.
Una de sus sobrinas, amiga nuestra que es costurera lírica, María Franco González, sí cose en máquina y nos recuerda toda esta hermosa y pesada costumbre que nos divierte a pesar del tiempo. Las habilidades de la costura no terminan sin mencionar el bordado, el deshilado, el punto de cruz… por mencionar algunos de los que nos acordamos, estas labores, después de las necesarias que en el tiempo podían granjear a la niña alguna utilidad.
Así se inició en nuestra población lo que tanto ha dado fama a la mujer tepatitlense, la confección de ropa artesanal que gracias a la rigidez de la educación recibida en su niñez hicieron trabajadoras que ocupan el título de mujer hacendosa, por ocupar todo su tiempo útilmente atendiendo en primer lugar los quehaceres domésticos y luego a las labores manuales, prefiriendo entre estas las útiles a las de puro adorno.
Estamos tomando un tema un tanto fuera de uso por el avance general de nuestras costumbres, pero no desconozcamos que fue la buena costumbre recibida hace cien años cuando carecíamos de lo que estamos gozando y que nos ha llenado de amor propio. El amor propio es uno de los más grandes azotes de la humanidad, uno de los que hacen más victimas y producen más dramas en el seno de la familia.
¿Qué es el amor propio? Una pasión del propio ser, una falta absoluta de generosidad, de abnegación, de fortaleza de alma y hasta de piedad para los otros, una incapacidad aterradora del perdón, una gran falta de caridad para los errores ajenos y acaso un gran convencimiento de la propia perfección.
Hay muchas personas que llaman al amor propio, dignidad, y al confundir un defecto con una virtud, caen en un gran error. La dignidad es amable, dulce, atrayente, el amor propio es cruelmente susceptible y duro a la vez. La dignidad sabe perdonar y puede olvidar, hasta tal punto que el perdón y el olvido van con ella en grata y dulce compañía. Hace falta el trato social que nos inculcaron que consiste en la cortesía que empleamos en todas nuestras acciones y palabras para evitar hasta las más leves faltas de dignidad y decoro, complacer siempre a todos y no desagradar jamás a nadie.
El tema de las costureras a mano nos ha llevado a considerar si tenemos actualmente la dignidad de que hablamos, al parecer propio si la tenemos pero no la ejecutamos. No vivimos en aquel Tepa pequeño en el que nos conocíamos por tradición de familias en que la convivencia estaba a la mano. De frente a nuestros hogares al amanecer el día, al ver al vecino empezando el día en su cotidiano quehacer, se le saludaba con atención y se le deseaba lo mejor para el día. Esta costumbre se fue acabando porque muchas personas al mejorar su situación económica se fueron cambiando de casa para vivir en un lugar mejor alejándose del barrio que los vio nacer.
Motivo también de alejar la amistad, el crecimiento comercial y cultural marcando distancias con la benevolencia que hace perder amigos y hasta en la familia, que ocupada por el trabajo pierde el humor, la amabilidad, la cordialidad. Esto se perdió hace mas o menos sesenta años, haciendo de nuestro acogedor pueblo chico, una enorme gran ciudad con sus costumbres casi perdidas llenándonos de nostalgia por aquella virtud de pasar la vida con toda tranquilidad, como esperamos empezar este año nuevo dejando en el recuerdo aquel rústico trabajo de coser a mano, de aquellas madres que nos dieron vida, gozando las madres actuales de mayor comodidad. Y con esto decimos que así fue Tepa en el Tiempo.
Agradecemos sus comentarios a: jofloreso@prodigy.net.mx


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