Un jardín junto al río

Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com


No sé si has escuchado el cuento de aquel señor que, después de haber sembrado su jardín con árboles frutales y bellas flores junto al río, se sentaba orgulloso en su terraza para disfrutar de su obra.

De pronto, ve que un niño seguido por un perro pisa sus flores al perseguir una pelota.

Enojado, decide construir una pequeña barda para evitar el paso. Satisfecho, termina la barda y de nuevo, se sienta para disfrutar de su hermoso jardín, ahora sí sin peligro.

Al rato, ve que un venado asoma la cabeza para morder sus verdes setos.

Enfurecido, decide elevar más la barda para impedirlo.

Cuando se disponía a sentarse una vez más, observa cómo se detiene una bandada de pájaros para comer de sus manzanas. Furioso, decide techar el jardín para que nada ni nadie lo maltrate. Cuando saca su silla y ve aquel cuarto oscuro, sin vida, sin los niños, sin el sonido del agua, sin la vista de los pájaros y de los animales, se da cuenta de su soledad y decide tirar todo para que, una vez más, otros lo visiten y disfruten el jardín.

Qué triste es cuando una persona se deja llevar por el egoísmo y pierde el sentido de la comunicación con los demás.

Qué bueno que el hombre del cuento reconoció que su soledad, aunque parecía hacerlo feliz, en realidad fue todo lo contrario y por eso llegó a la conclusión de que nuestras cosas son para que también otros las disfruten.

¿Qué es lo contrario al egoísmo?

Lo contrario es la caridad, el amor.

Por eso dice San Pablo en la Biblia:

Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me falta el amor, sería como bronce que resuena o platillos que aturden.

Aunque repartiera todo lo que tengo para recibir alabanzas, pero me falta el amor, de nada me sirve.

El amor espera sin límites, soporta sin límites, perdona sin límites, olvida sin límites…

No se goza con la injusticia sino con la verdad. ¡El amor nunca pasará!

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