Por Juan Flores García
Héctor se llamaba, siempre fue muy travieso, desde chico tiraba para sinvergüenza. Fue hijo creado con todas las cosas, las comodidades, así que se la pasaba de lío en lío que luego de algún enredo surgía otro peor. De cualquier trastada que cometía le echaba la culpa a otro.
A medida que crecía, aumentaban en maldad sus ocurrencias. Los petardos eran su mejor ocurrencia nunca le faltaban porque él los fabricaba. A los chichos y gatos amarraba de la cola botes de hojalata llena de estos tronadores para soltarlos dentro de alguna de aquellas amplias casas causando el miedo mayor a los moradores.
Poner pica pica a los muchachos que nos reuníamos a jugar en la plazuela del Tepetate, que hoy es el centro de salud. Lo ponía con cautela por el cuello en la espalda. Promovía pleitos entre dos amigos por medio de intrigas. En algunas ocasiones sirvió de espanto el lugar; por la noche no había luz, la oscuridad cubría todo el espacio, y por ganar tiempo atravesábamos el terreno cuando a media plazuela aparecía sobre el lomo de un burro cubierto con una sábana causando que se desmayara del susto la persona que tuvo la mala suerte de encontrarse con el “espanto”.
A los compañeros de mesabanco les amarraba las agujetas de los zapatos, uno con otro cuando los llamaban al pizarrón, al levantarse, daban de cuernos en el piso. Al salón llevó una rata que a media clase soltó, ¡qué gran revuelo causó suspendiendo la clase!
Su inteligencia lo llevó a terminar la primaria al cuarto año con el enfrentamiento con el profesor por una pregunta en la clase que le hiciera sobre la materia en turno; el profesor la equivocó y el 17 le revocó causando fuerte discusión ante los alumnos teniendo la razón y saliendo expulsado. Pero no sin antes retar al profesor a que le hiciera exámenes de 5to y 6to grado; reto aceptado lo calificaron por bueno siendo así despedido del Colegio.
Ocurrencias químicas, elaboración de perfumes y fijadores de pelo que entonces conocíamos como brillantina, elaborador de tequila del que fue muy afecto. En todos estos experimentos siempre encontraba en quien probar su efectividad. Siempre nos tenía alguna novedad como la ocurrencia en los juegos infantiles de encebar los resbaladeros por la noche (cebo es la materia grasosa que produce la gordura de las reses) y al calentarse en el día, la lámina se ponía muy resbalosa y quien la usaba bajaba sin control y recibía tremendo porrazo.
En las reuniones que teníamos por las tardes en la plazuela puso de acuerdo a todos para que al llegar le preguntaran al “casiro” Silviano que qué le pasaba en el ojo aunque no tenía nada; y de tanto frotarlo con tanta pregunta, a la media hora, ya estaba como de jitomate.
Su casa que todavía existe, totalmente reconstruida, está en un terreno irregular con un desnivel muy marcado, en la parte de mayor altura, finco un jacalón donde hacía sus experimentos y hasta había como en el arca de Noé, gallinas, patos, perros, gatos, pericos muy mal hablados, un cabrito y quién sabe qué más. Manejaba hasta pólvora para hacer juegos pirotécnicos. Ya veíamos por televisión la intención de los Estados Unidos y Rusia de llegar a la luna y él tuvo la ocurrencia de hacer un cohete para enviar un gato. Tal maniobra llevaba algún tiempo. Nos invitaba a ver su trabajo entre aquel animalejo que nos causaba incomodidad, todos hambrientos.
En ese “laboratorio” en desorden, se encontraba toda clase de materia química en frascos y botellas, causando una revoltura de olores indefinidos. Un buen día estando él ausente, como lo hacía con frecuencia consumiendo tequila, sus hambrientos animales, en busca de comida provocaron un accidente derramando algunas sustancias que tenía sobre una mesa, entre ellas, pólvora hubo una explosión que por fortuna sólo voló por los aires el techo que era de teja haciendo pedazos a casi todos los animales, terminando así su ocupación científica.
Ocupado en el consumo de la bebida alcohólica, y en una de las incontables veces que iba a Guadalajara a un centro de recuperación, ya cumplido su tratamiento, caminando hacia la calle falleció de un infarto, el 17 del séptimo mes de 1967 el mentado Diecisiete, dejando viuda y un hijo.
Por ese tiempo no había salas de velación, así que en el domicilio que había habitado desde niño donde años antes hubo la explosión de su laboratorio que aún estaba sin remover, siendo esto motivo de comentario de sus ocurrencias. Q.D.E.P. y con esto decimos que así fue Tepa en el tiempo.
Agradecemos sus comentarios a Juan Flores García


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