Por el padre Miguel Ángel
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Después de haber recorrido con tanto entusiasmo los días de la Cuaresma, ahora nos disponemos a dar inicio a la Semana Santa.
Te invito para que vivamos cada día con especial fervor.
Comencemos con el Domingo de Ramos.
Antes de llegar a Jerusalén, Jesús quiso detenerse en Betania, y al día siguiente, a despecho de los decretos promulgados contra El por sus enemigos, hacer pública ostentación de su poder sobre las almas, entrando triunfalmente en la capital del reino mesiánico, como verdadero rey de los judíos, como verdadero Mesías.
Cuando en Jerusalén se supo que Jesús estaba en Betania, acudió a la aldea gran multitud y le salieron al encuentro con ramos de olivo y palmas, gritando: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” Las gentes todas que salieron a recibirle cuando venía en humilde cabalgadura, como rey manso y humilde, le dieron ovaciones estruendosas. Sólo una clase de gentes se consumía de envidia en medio del general regocijo: los fariseos. En presencia de aquel espléndido triunfo, ellos se decían recomiéndose de envidia: “¿Ven como nada adelantamos? ¡Miren cómo todo el mundo se va en pos de él!” Algunos hasta se atrevieron a decirle de entre las turbas: “Maestro, reprende a tus discípulos, manda callar a los niños”. Pero El les respondió: “En verdad les digo que, si éstos callasen, las mismas piedras darían voces de bendición y triunfo”.
Como decía el obispo San Andrés de Creta:
“Corramos, pues, con el que se dirige con presteza a la pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro. No para alfombrarle el camino con ramos de olivo, tapices, mantos y ramas de palmera, sino para poner bajo sus pies nuestras propias personas, con un espíritu humillado al máximo, con una mente y un propósito sinceros, para que podamos así recibir a la Palabra que viene a nosotros y dar cabida a Dios, a quien nadie puede contener.
Alegrémonos, por tanto, de que se nos haya mostrado con tanta mansedumbre aquel que es manso y que sube sobre el ocaso de nuestra pequeñez, a tal extremo, que vino y convivió con nosotros, para elevarnos hasta sí mismo, haciéndose de nuestra familia.
Dice el salmo: Subió a lo más alto de los cielos, hacia oriente (hacia su propia gloria y divinidad, interpreto yo), con las primicias de nuestra naturaleza, hasta la cual se había abajado impregnándose de ella; sin embargo, no por ello abandona su inclinación hacia el género humano, sino que seguirá cuidando de él para irlo elevando de gloria en gloria, desde lo ínfimo de la tierra, hasta hacerlo partícipe de su propia sublimidad.
Así pues, en vez de unas túnicas o unos ramos inanimados, en vez de unas ramas de arbustos, que pronto pierden su verdor y que por poco tiempo recrean la mirada, pongámonos nosotros mismos bajo los pies de Cristo, revestidos de su gracia, mejor aún, de toda su persona, porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo; extendámonos tendidos a sus pies, a manera de túnicas.
Nosotros, que antes éramos como escarlata por la inmundicia de nuestros pecados, pero que después nos hemos vuelto blancos como la nieve con el baño saludable del bautismo, ofrezcamos al vencedor de la muerte no ya ramas de palmera, sino el botín de su victoria, que somos nosotros mismos.
Aclamémoslo también nosotros, como hacían los niños, agitando los ramos espirituales del alma y diciéndole un día y otro: Bendito el que viene en nombre de Señor, el rey de Israel.”


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