Felicidades papás

+ Recordando a mi abuelo Andrés

+ Pero las lágrimas... qué problema


Por Fabiola González Ontiveros


Mañana festejaré otro día del padre sin tener al mío cerca para poder felicitarlo con un abrazo. Pero al menos agradezco a Dios porque todavía lo tengo, y no me queda más que rezar por los padres que ya no están.

Nunca conocí al padre de mi madre, ya tenía mucho tiempo de haber fallecido cuando yo nací, pero me hubiera encantado conocerlo, no sé qué carácter tenía, pero por lo poco que sé, creo que la que repartía los madrazos era mi abuelita. Sólo he visto unas cuantas fotos en las que supongo que se parece a mis tíos, no sé
mucho de él y por eso me habría gustado mucho que aún viviera.

Al que sí conocí fue al padre de mi padre, mi abuelito Andrés.

Por desgracia él también falleció ya , era yo una niña pero aún me quedan suficientes recuerdos de él. Cada vez que me pongo a pensar en él se me viene a la mente su cara con su sonrisa chimuela, o cuidando su jardín en Guadalajara que en ese tiempo se me hacía gigante, apenas como para jugar a subirme a todos los árboles.

También se la pasaba en la carpintería haciendo y deshaciendo todo lo que se le ocurría, salía del taller con las canas llenas de aserrín. Su pasatiempo favorito era hacer renegar a mi abuelita, era como un niño chiquito, primero la hacía enojar y luego volteaba con mis primos y conmigo y se reía, era como un mocoso que acabara de hacer una maldad perfectamente consciente.

Recuerdo cómo me le trepé encima un día que ya nos íbamos al rancho y me dijo “ven mija” y me dio 50 pesos “para que te los gastes tú solita”. Nunca me habían dado tanto dinero así nomás de pura onda, pues ya les había comentado que mi papá era bien chantajista y me ponía a leer letreros en la carretera a cambio de monedas.

Mientras me pudo me cargaba para todos lados y me construía columpios en los árboles, además de que me dejaba treparme para bajarle la fruta a mi papá.

Decía que se bañaba cada domingo le tocara o no le tocara, aunque le fuera a dar un resfriado o le fueran a salir escamas por ser tan limpio (pero si se bañaba seguido); y cuando me ponía a llorar, lo cual era muy a menudo, le decía a mi mamá que lo que pasaba era que yo estaba pidiendo a gritos unos cachingazos para calmarme.

Pero lo mero máximo era cuando mi abuelito y mi papá se salían al jardín y se pasaban horas enteras regando las plantas, el pasto, sembrando semillas y bajando todas las frutas que ya estaban listas. Siempre trataba de pegármeles, porque aunque me ponían a trabajar para mí también era muy entretenido.

Sé que mi abuelo fue un gran ejemplo para mi papá, fue quien le enseñó a ser la persona que es ahora, y aunque entre los dos me hacían renegar trabajando de más (o al menos eso me parecía), entrando y saliendo con mis bolsas de limones y aguacates, pero de ellos aprendí que las cosas buenas vienen con esfuerzo, trabajando por ellas.
Había veces que nos lo traíamos a Tepa por periodos de una semana, porque como íbamos cada domingo lo traíamos de visita uno y lo regresábamos a su casa hasta el siguiente fin de semana. En uno de esos periodos desconchinflé la chapa de la puerta principal, así que antes de decirle a cualquiera de mi familia, como sabía que me iban a regañar, preferí decirle a el, que lo único que hacía era decirme “ay Fabiola” y se ponía a arreglarla sin regañarme.

La última vez que lo vi con vida se pasó toda la semana en nuestra casa en Tepa y se le olvidaron sus pastillas en Guadalajara, siempre me pregunté si eso tuvo algo que ver con lo que le pasó.

Lo regresamos a su casa un sábado por la tarde y pasamos ahí la noche y todo el día domingo, regresamos a Tepa y ni siquiera era tan tarde, pero nos acostamos pronto porque ya estábamos cansados.

Después recibimos una llamada: a mi abuelito, al único abuelito que tuve le había dado un infarto. Como ya mencioné, yo era una niña, así que cuando mi mamá me dijo “ya no vamos a ver más a tu abuelito porque el está en el cielo ahora”, francamente no supe qué quiso decir con eso, o sí le entendí, pero no creí que fuera verdad.

Hacía unas cuantas horas todavía lo había visto sonriendo, entonces yo no me creí ni una sola palabra de lo que me estaban diciendo, a pesar de que yo veía a mi hermana llorando y rezando el rosario junto a mi mamá.

Hasta que llegamos a Guadalajara fue que me sentí muy mal, al ver a mi prima y a mi tía deshaciéndose en lágrimas, pero sobre todo… el ver a mi papá sentado, llorando en silencio y sufriendo, fue lo que me partió. Desde que recuerdo puedo soportar muchas cosas, pero ver a mi familia triste… eso sí que no.

Sé que mi papá extraña mucho al suyo, pero al mismo tiempo sé que él está por ahí en algún lugar mejor, cuidándonos a todos, y desde que no está siempre la primera estrella que veo en el cielo cada noche, me imagino que es él, sonriéndonos como siempre lo hizo todo chimuelo.

A lo mejor mi papá no ve nada especial en este día festivo, él que siempre está trabajando para darnos lo mejor y que no nos falte nada no se da cuenta, pero yo que lo extraño mucho desde hace varios años sí me acuerdo. Este año me tocó ver cómo mi mejor amiga perdía al suyo, y a otra de mis amigas revivir su propia historia al mismo tiempo, por eso no podría sentirme más afortunada de tener a mi familia completa y unida.

Esa es una de las razones por las que me iré a probar suerte a Xalapa, para empezar el camino de cumplir el sueño de ser como él, recorrer sus pasos y al mismo tiempo estar junto a él. Y que me va a traer a raya es cierto. Que los dos tenemos un humor de perros es cierto. Que nos vamos a juntar ahí el par de locos de atar también es cierto.

Pero al final de cuentas va a valer la pena para que ya no esté tan solo, y pues ahí ya nos volvemos locos juntos.

Felicidades a mi hermano que también es papá, y que está haciendo un excelente trabajo con el Santi, mi sobrino.

Felicidades a todos los papás, los que están y los que ya no están, que de seguro también se les extraña muchísimo.

Abuelo Roberto: Aunque no tuve el placer de conocerte, te agradezco por regalarme a mi mamá, que es la mejor amiga que puede existir.

Abuelo Andrés: Nunca te voy a olvidar, yo sé que nos estás echando un ojo desde donde quiera que estés, y en tu honor ya dije que un hijo mío se llamará como tú, (Gustavos ya hay muchos en la familia), por ser tan bueno como fuiste conmigo.

Papá: No hay palabras que lo puedan describir, simplemente te quiero mucho.

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