Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com
Un locutor de radio preguntaba a una serie de personas si sabían que es la Biblia. Las respuestas fueron muy variadas, pues hay muchos católicos que realmente se interesan por leer y conocer la Sagrada Escritura. ¡Qué interesante, que en el siglo primero, a una iglesia casi totalmente de analfabetos, se le diga que la Sagrada Escritura da la sabiduría que lleva a la salvación! No es extraño que pueblos sin sistema de escritura, como el armenio, crearan un alfabeto expresamente para traducir la Biblia a su idioma. Dios se nos ha hecho tan cercano que ha dejado su Palabra a nuestro alcance, esa palabra que nos “Capacita perfectamente para toda obra buena”.
No la podemos desperdiciar. El Vaticano II nos recuerda la expresión de San Jerónimo según la cual “Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” y “recomienda insistentemente a todos los fieles la lectura asidua de la Escritura”.
Pero la Escritura no se puede comprender sin aplicarle la clave adecuada y esa clave adecuada es Cristo mismo. Y una lectura sólo individual de la Palabra de Dios al margen de la fe y de los hermanos resulta un libro codificado. Y también corremos el riesgo de interpretarla literalmente y al pie de la letra. Hay que tener en cuenta la experiencia que tuvieron las primeras comunidades cristianas que la interpretaban a la luz de la vida, ejemplo y enseñanza de Jesucristo.
En una clase de Biblia comenzaron a dialogar sobre la traducción de la Biblia. Uno decía, a mí me gusta la Latinoamericana, a otro más la Biblia de Jerusalén y a otro la española. Finalmente uno dijo: A mi la que más me gusta es la traducción de Mi Madre. Ella traduce la Biblia en obras y así es más fácil aplicarle a la vida de cada día.
Para mucha gente que no lee ninguna, tú puedes ser la única Biblia que leerán. Somos el Libro Sagrado que otros ven y leen cada día. Estamos escribiendo, hoy, con Jesús la página del perdón, un don que nos hace libres. En las noticias de cada día escuchamos los actos de los hombres: la guerra, el terrorismo, la droga, las cárceles, la pena de muerte.
Dios ha inventado el amor y el amor perdona siempre y el perdón nos hace libres. Nuestro Dios se hizo amor en Jesús de Nazaret y éste se hizo vida y mierte con nosotros para entregarnos el perdón.
El perdón es un don de Dios, por eso hay que pedirlo sin cesar y sin desanimarnos. Los actos que quiere el Señor de nosotros son: ama, haz el bien, perdona y reconcíliate, bendice y ora por todos, aún los que te hacen el mal.


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