+ Uno de los mártires de la Cristera
en San Diego de Alejandría
Por Oscar Maldonado Villalpando
Para cantar estos versos
voy a quitarme el sombrero;
quiero contarles la historia
de los valientes cristeros,
que se jugarón la vida
para defender al clero.
(Miguel Ramírez)
Por este tiempo se recuerdan estos hechos impresionantes. El clima incierto y peligroso para los católicos que se había enrarecido desde unos años antes, se recrudeció en 1926, con la suspensión de cultos. Para 1927 la situación se tornó violenta y agresiva.
El padre Pablo García ejercía su ministerio en Santa María Transpontina. Con sencillez y, no poco valor, decidió permanecer entre sus fieles. Pensaba que el martirio, al ser un don tan grande, no era para él, como lo llegó a expresar. No se sentía digno de esa distinción y, con la ayuda de sus fieles, sentía que podría brindarles los servicios esprituales y escapar el vendaval trágico.
El Padre Pablo nació en San Diego de Alejandría, en circunstancias muy especiales. Vino a San Diego de Alejandría el Señor Cura Francisco García, por 1874, lo acompañaba su hermano, así que aquí nació el sobrino del Señor Cura, el 15 de enero de 1975. Al correr del tiempo el muchacho se fue al Seminario y recibió las ordenes sagradas el 17 de septiembre de 1899, junto con San Cristóbal Magallanes y el poeta Alfredo R. Placencia.
El Padre Pablo fue un buen sacerdote, sobre todo muy reconocido en la región de Encarnación de Díaz, lugar fecundo en vocaciones. El señor Arzobispo don Felipe Aguirre Franco, tiene gran estima por la figura de este mártir y muestra gran entusiasmo para que su causa de beatificación prospere. Así que el Padre Pablo, como decíamos, se quedó con su pueblo. Dicen que visitaba a sus fieles al lomo de una mula. Todo marchaba sin sobresaltos mayores, lograba pasar desapercibido, con la comprensión, quizá de los mismos soldados federales.
El mero día 12 de diciembre del año del 27, la tropa federal lo ubicó y fue a su búsqueda. Ese día de la Virgen de Guadalupe fue hecho prisionero. Lo maltrararon mucho, lo hicieron vivir un terrible calvario de 11 días, y por fin le dieron el tiro de gracia el 23 de diciembre de 1927, en la Estación Castro, donde el pueblo fiel erige un templo a su memoria. Su tumba está en el panteón de Encarnación y ostenta, en muchos milagros, la estima y fe del pueblo cristiano.
San Diego de Alejandría siente el gusto por este digno representante de esta tierra. Según se sabe de comentarios, el Padre Pablo formaba parte del elenco de mártires de la primera hora, de la primera lista. Quedó fuera para un mejor momento, y el pueblo espera y desea esa feliz hora de que sea reconocido por la Santa Iglesia.
Esperemos que el tiempo no borre estas señales maravillosas de generosidad, de valentía, de fe y de coherencia.


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