La pregunta del campesino

Por el padre Miguel Ángel

Dicen que un campesino se presentó ante su tierra en momentos de empezar la siembra y le preguntó: “Tierra ¿Qué me darás en este año?” Y de noche en sueños le pareció que la tierra le respondía: “¿Qué cuánto te daré éste año? Eso depende de lo que tú me des a mí, si me das abono, riego, arado, desyerbe y buena semilla, te daré en cambio una gran cosecha, pero su me das poco, yo te daré también poca cosa”.
Si volvemos la vista al cielo y preguntamos al buen Dios: “Señor, cuánto me vas a dar en la vida?, Él seguramente nos podrá responder: ¿Qué cuánto te daré? Eso depende de la cuota inicial que tú me ofrezcas, por cada tramo de fatiga, buena voluntad y fe que siembres en el campo de tu alma, yo te daré cien gramos más, pero si no tienes nada para ofrecerme, “aún lo poco que tienes te será quitado”.
Las lecturas de la palabra de Dios van encaminadas a hacernos reflexionar acercar de nuestra disposición para oí la palabra de Dios, a fin de que fructifique en nuestras almas.
La palabra de Dios es como una semilla que, si cae en tierra buena da su fruto, si el fruto se malogra no hay que atribuirlo a falta de cuidados por parte de Dios. Él prepara la tierra de nuestros corazones, la riega con sus gracias y la hace fecunda. ¿De qué depende que muchas veces no aparezcan frutos de las buenas obras? Ésta pregunta tiene su respuesta en la parábola del sembrador.
-La doctrina evangélica en algunos no da frutos de ninguna clase porque la desconocen en absoluto; se despreocupan totalmente de ella. En ésta categoríaa se encuentra la mayor parte de las personas, que nunca han oído exponer la doctrina del Evangelio. Para ellos no ha habido semilla del reino de Dios, no puede por eso haber cosecha.
-En otros vemos que aunque sí han oído la doctrina evangélica, sin embargo no fructifica en sus vidas porque la escuchan con indiferencia, con poca atención, están en misa fuera del templo, con muchas distracciones y no se preocupan por entenderla ni apreciar su valor. Por eso no penetra en el fondo de su alma, donde debía fructificar y germinar.
-Otros oyentes de la palabra de Dios creen en la doctrina que se les propone y en un principio la reciben con cierto entusiasmo y alegría: pero su ligereza de ánimo no les deja echar profundas raíces y al primer contratiempo que se les presenta abandonan lamentablemente la enseñanza de Jesucristo.
-Otro grupo está representado por los que han dejado dominar su corazón por las preocupaciones mundanas; por el amor desordenado de la riqueza; por el empeño angustioso de los bienes materiales, por la ansiedad de comodidades y gustos del cuerpo. Todo esto ahoga y mata las buenas inquietudes que habían quedado grabadas en el corazón por la predicación evangélica.
-Finalmente toa su turno a quiénes teniendo un corazón bien dispuesto y libre de todo obstáculo, reciben con ansia la semilla de la palabra de Dios porque tienen hambre y sed de santidad y como consecuencia dan fruto abundante de buenas obras.

¿Y tú de cuál tierra eres?

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