Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com
El Síndrome de Imnunodeficiencia Adquirida (SIDA) se diagnosticó por primera vez en 1980 y en 1984 se descubrió el virus que provoca la enfermedad: El Virus de Inmunodeficiencia Humana.
El virus puede permanecer domido mucho tiempo, hasta cinco años, sin que el seropositivo (persona portadora del virus) presente ningún síntoma mientras tanto.
Para prevenir el SIDA se debe evitar el contacto sexual con personas infectadas y el compartir jeringas. Las personas que han desarrollado la enfermedad o son seropositivas no deben donar sangre.
Los grupos de riegos son los homosexuales y bisexuales, los drogadictos por vía intravenosa; los receptores de transfusiones; los niños recién nacidos de madres drogadictas o compañeros sexuales de drogadictos y las personas que realizan las relaciones heterosexuales con aquellas infectadas por el virus.
Mientras que en Europa y América por cada diez hombres infectados hay una mujer, en Africa el número de casos entre hombres y mujeres se ha igualado.
La epidemia o la peste el siglo XX, como se conoce a la enfermedad del SIDA, aparece como si fuera exclusivamente una tragedia de los países ricos y de Occidente en general. Los desgraciados casos de muerte entre las celebridades de la vida social, de deportistas y personales del espectáculo en la triste lista de infectados, da la impresión, a simple vista, de que el círculo de la enfermedad y su epicentro se encuentra en los países desarrollados, pues tales son los que se pronuncian en contra de tan terrible drama.
Pero la realidad es otra: mundialmente uno de cada dos adultos que padecen SIDA es africano, nueve de cada diez niños afectados viven en Africa y de los ocho millones de portadores del virus, la mitad son africanos. De seguir a este ritmo, el SIDA se convertirá en el mayor problema de salud de Africa en el siglo XXI.
En los Estados Unidos y Europa la epidemia comienza en grupos sociales elevados, mientras que en Africa es un fenómeno de pobres.
Juan Pablo II aborda el problema del SIDA en diversas ocasiones. Mas allá del aspecto exclusivamente médicos, el Papa engloba la tragedia de la enfermadas en su dimensión humana, con sus raíces culturales y desde la dignidad de las personas. En la misma tierra africana, en Tanzania, el año de 1990, el Papa señalaba que el “drama del SIDA amenaza no sólo a algunas naciones o sociedades, sino a toda la humanidad”.
No conoce fronteras de geografía, raza, edad o condición social.
La epidemia del SIDA exige un esfuerzo supremo de cooperación internacional por parte de los gobiernos, de la comunidad médica y científica mundial y de todos los que puedan influir en el desarrollo de un sentido de responsabilidad moral en la sociedad.
La iglesia continuará haciendo su parte, cuidando de los que sufren y promoviendo una prevención que sea respetuosa con la dignidad de la personas.


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