Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com
Cierto día una casa comenzó a incendiarse, un niño estaba solo, ambos padres habían salido a trabajar. El niño subió al techo dado que el fuego había comenzado en la cocina…
Los vecinos llamaron a los bomberos y le avisaron a la fábrica del padre que estaba a pocas cuadras… el humo aumentaba y también la desesperación, el padre llegó corriendo y le gritaba a su hijo:
“¡Tírate que yo te sostengo…!” “¡No, no me puedo tirar porque yo no te veo, no sé dónde estás…!”
“¡Tírate!” Insistió el padre “Porque yo sí te veo y sé dónde vas a caer para sostenerte”
El hijo le dijo: -Pero yo no te veo.
El Padre contestó: -Sabes cómo lo debes hacer, ¡cierra los ojos y lánzate!
El niño dijo: -Papi no te veo, pero allá voy.
Y cuando el niño se lanzó abajo, lo rescataron.
Entonces el padre lo abraza, llora con el hijo, juntos pero muy contentos.
Cuántas veces en nuestras vidas atravesamos por momentos de “incendio”, proyectos personales o familiares inconclusos, cuántas veces sentimos que aquello sobre lo que habíamos fundado nuestras expectativas se comienzan a desvanecer y nada de lo que hacemos lo puede sostener… y en esos momentos cuando no vemos hacia donde caminamos, cuando no sabemos qué decisiones tomar.
“Dios nos dice: Tranquilo que yo te veo…” y es maravilloso sabernos vigilados, con la mira comprometida de nuestro Dios, que no es mirada observadora sino sustentadora, mirada que nos recuerda y recrea la esencia de cada una de nuestras existencias: ser hijos e hijas de Dios concebidos en Su Amor.
Que la certeza del Espíritu de Dios habitando en medio nuestro nos de la confianza de seguir caminando, aún cuando no veamos el camino, por la simple seguridad: “TRANQUILO, YO SI TE VEO…”
Jesucristo nos ha dicho: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el final de los tiempo” y sus palabras se cumplen en todos los rincones de la tierra, por eso no debemos de perder nuestra confianza en El, como aquel hombre que caminaba por la plaga mirando sus propias huellas y también las de Jesucristo que lo acompañaba, pero de pronto dejó de mirar dobles huellas y sólo miraba unas, comenzó a reclamar diciendo: ¿Por qué me abandonas, Señor? Entonces escuchó una voz que decía: Hijo, no te abandoné, lo que pasa es que te llevo en mis brazos.


0 Comentarios