Hay que producir frutos

Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com

Los domingos anteriores de cuaresma contemplamos a Jesucristo en el desierto y en la transfiguración, hoy nos dice: “Si la higuera no da fruto hay que cortarla”.

La higuera era un árbol muy estimado en Palestina por sus frutos y por su sombra. Daba por lo general dos de higos al año. Los higos se empleaban para comerlos como frutas y para hacer tortas muy apreciadas. Los profetas la tenían como símbolo de libertad y de paz. Jesús da especial importancia al disgusto que le produce a Dios el árbol que habiendo sido destinado a dar frutos, sin embargo no los produce.

Esta parábola nos enseña que la inutilidad invita al desastre, que no tenemos derecho los que hemos recibido cualidades especiales de Dios, a dedicarnos a perderlas como escolares irresponsables, porque cada uno será juzgado según las posibilidades que se le han concedido. Cuando durante tres años se abona y riega un árbol y no da los frutos esperados, tiene que ser eliminado.

La higuera le estaba quitando fuerzas y sustancias al suelo y en cambio no producía nada. Este era su “pecado”. No basta con echar hojas. Hay que producir frutos. Si no, puede suceder el terrible castigo que Dios anuncia en el Apocalipsis a quien no hace las buenas obras que deberías hacer: “Te removeré del candelero”.

Todos estamos en deudas con el buen Dios, que tantos cuidados nos ha prodigado. Y nuestra obligación es producir frutos de conversión.

Hay estudiantes que no estudian y profesores que no preparan. Hay gentes que no rezan y hay católicos que pasan la semana sin leer una sola página de la Santa Biblia. Hay creyentes que pasan años sin confesarse y meses sin dar algo a los pobres y hay seguidores de nuestra religión que jamás visitan a un enfermo ni regalan un buen libro, ni se atreven a dar un buen consejo o a corregir al que se equivoca. Son una planta que está ocupando un sitio que podría ocupar otra planta que sí produzca buenos frutos.

Los carismas que no se ejercitan se pierden. Ojo: no nos dejemos quitar el sitio precioso que Dios nos ha concedido en su reino. No perdamos los carismas por no ejercitarlos. Que exclamemos entristecidos como el Emperador Tito: “Día perdido, día malgastado”, cuando se nos pase una jornada sin hacer obras buenas para la vida eterna.

Pero el viñador contestó: “Déjala todavía este año. Yo cavaré alrededor y le echaré abono, a ver si d fruto. Si no, el año que viene, la cortarás.
Es el evangelio de la segunda oportunidad. Jesús da siempre a sus amigos esta segunda oportunidad. Testigos: Pedro, que después de renegar de El, fue su Vicario. Marcos que aunque una vez huyó del apostolado por cobardía. (Hechos 13,13) después recibe de Dios la gracia de acompañar valientemente a los apósteles en la evangelización. Y Pablo que al principio fue un perseguidor de Cristo y más tarde su más grande amigo.

Dios misericordioso nos presenta nuevas oportunidades d producir frutos de conversión. También en este año llegará Jesús a nuestro campo con la canasta de recolector, a recoger los frutos de buenas obras que espera de nosotros y a extender a favor de cada uno el “cheque” por su salario y sus esfuerzos. ¿Qué echaremos en este año en la canastilla de Dios? Señor: que produzcamos frutos de vida eterna, hoy y todos os días de nuestra vida. Amén.

Si no, la cortarás.

Como quien dice: Habrá una oportunidad final. Si nos negamos a escuchar estos llamados de Dios y hoy decimos No, para “lo mismo responder mañana”. Se llegará el día en el que se nos cierre la posibilidad de obtener el galardón eterno, no porque la bondad de Dios se haya disminuido, sino porque nosotros con nuestra pereza habremos cerrado las llaves de las gracias que llegan del cielo. Que nos libre Nuestro Señor de tan espantoso mal.

La Cuaresma es un tiempo muy oportuno para revisarnos que tanta flojera hemos tenido en nuestros deberes de cada día, Dios nos ayuda a corregirnos.

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