Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com
Cierto día, una mujer tuvo que esperar mucho rato la llegada del tren.
La elegante señora, un poco fastidiada, compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua para pasar el tiempo.
Buscó una silla en el andén central, y se sentó preparada para la espera.
Mientras hojeaba su revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario.
Imprevistamente, la señora observó cómo aquel muchacho, sin decir una sola palabra, estiraba la mano, agarraba el paquete de galletas, lo abría y comenzaba a comerlas, una a una, despreocupadamente.
La mujer se molestó por esto; no quería ser grosera, pero tampoco dejar pasar aquella situación o hacer de cuenta que nada había pasado; así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete y sacó una galleta, la exhibió frente al joven y se la comió, mirándolo fijamente a los ojos.
Como respuesta, el joven tomó otra galleta y mirándola la puso en su boca y sonrió.
La señora, ya enojada, tomó una nueva galleta y con ostensibles señales de fastidio, volvió a comer otra, manteniendo de nuevo la mirada en el muchacho.
El diálogo de miradas y sonrisas continuó, entre galleta y galleta.
La señora, cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente.
Finalmente la señora se dio cuenta de que en el paquete sólo quedaba la última galleta.
“No podría ser tan descarado”, pensó mientras miraba alternativamente al joven y al paquete de galletas.
Con calma el joven alargó la mano, tomó la última galleta y con mucha suavidad, la partió exactamente por la mitad.
Así, con un gesto amoroso, ofreció la mitad de la última galleta a su compañera de asiento.
-¡Gracias!- dijo la mujer, tomando con rudeza aquella mitad.
-De nada- contestó el joven, sonriendo suavemente mientras comía su mitad.
Entonces el tren anunció su partida…
La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón,
Al arrancar, desde la ventanilla de su asiento vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó:
“¡Qué insolente, qué mal educado, cómo se atreve!”
Sin dejar de mirar con resentimiento al joven, sintió la boca reseca por el disgusto que aquella situación le había provocado.
Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó totalmente sorprendida cuando encontró, dentro de su bolsa, su paquete de galletas INTACTO.
Cuántas veces nuestros prejuicios, nuestras decisiones apresuradas nos hacen valorar erróneamente a las personas y cometer las peores equivocaciones.
Cuántas veces la desconfianza, ya instalada en nosotros, hace que juzguemos injustamente, a personas y situaciones, y sin tener aún por qué, las encasillamos en ideas preconcebidas, muchas veces tan alejadas de la realidad que se presenta.
Así, por no utilizar nuestra capacidad de autocrítica y de observación, perdemos la gracia natural de compartir y enfrentar situaciones, haciendo crecer en nosotros la desconfianza y la preocupación.
Nos inquietamos por acontecimientos que no son reales, que quizás nunca lleguemos a contemplar, y nos atormentamos con problemas que tal vez nunca ocurrirán.
Le pasó lo contrario a un señor.
El anciano vendía juguetes en el mercado. Sus compradores, sabiendo que tenía la vista muy débil, le pagaban de vez en cuando con monedas falsas. El anciano se daba cuenta, pero no decía nada. En sus oraciones, pedía a Dios que perdonara a todos los que lo engañaban.
-Tal vez tengan poco dinero, y quieren comprar regalos a sus hijos – se decía.
Pasó el tiempo y el hombre se murió. Delante de las puertas del paraíso, rezó una vez más:
-¡Señor! –dijo. Soy un pecador. Cometí muchos errores, no soy mejor que las monedas falsas que recibí. ¡Perdóname!
En ese momento se abrieron las puertas y dijo una voz:
-¿Perdonar qué? ¿Cómo puedo juzgar a alguien que, en toda su vida, jamás juzgó a los demás?


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