La mesita

Por Juan Flores García

Para tener a la mano todo aquello que se relaciona con la lectura, hay lugares donde se dedican a vender libros; a estos les llamamos librerías. En ellas se encuentra toda clase de lecturas. La lectura más usual de nuestros padres, sobre todo de nuestras madres aquí en Tepa, lo fue la de la Iglesia; como aquellos devocionarios que se utilizaban y que nos ilustraban en sus páginas cada acto de la celebración de la Santa Misa, o en aquel librito que nos daban cuando hacíamos nuestra Primera Comunión, o el catecismo del Padre Ripalda.

Pues bien, todos estos libros, y las estampitas de los santos, las novenas al santo de su devoción, la historia de la imagen de nuestro Señor de la Misericordia, en fin todo eso y tantas cosas más como rosarios, escapularios, velas de cera, cordones de San Francisco, ex votos (aquellas figuritas de plata como medallita, solamente que en forma humana ya fuera hincada o de pie), todo eso se vendía en la librería del Santuario del Señor de la Misericordia.

Por muchos años estuvo a la entrada del Santuario una mesa en la que tenía todo ese material. La atendían dos señoritas que casi todo el tiempo se la pasaban haciendo rosaritos y escapularios. Estos se vendían mucho; todos los traíamos puestos. Nuestras madres nos los ponían y siempre estaban atentas a que no los perdiéramos y si esto sucedía, luego ponernos otro. Con este símbolo sostenían nuestra fe.

Así, en nuestra niñez no nos faltó nunca el escapulario y ya jóvenes, la novia estaba atenta en procurar que lo usáramos. ¡Ah! Pero fueron otros tiempos. Bueno, por qué no aceptar que todavía hoy existen muchos jóvenes que lo usan, pero no colgado al cuello, porque se ve mal o pica, lo guardan en el bolsillo o en la cartera. Lo bueno es que sí hay quien los usa.

Decíamos que en La mesita (como le llamábamos), que por muchos años estuvo en ese lugar, cuando todo valía de a peso para abajo, comprábamos esos objetos a las señoritas Feliciana “Chana” Pérez y Emilia Venegas, que se turnaban para atenderla. Tiempo después, con más amplitud se utilizo el local que está a la entrada, al lado izquierdo de la puerta principal, atendido siempre por esas damas piadosas que, con todo respeto y devoción, nos recibían.

En ese lugar ya se tenían imágenes del Señor y crucifijos, así como un surtido más extenso. Es sabido que las estampas y los escapularios son símbolos de nuestra fe. Este suceso que aconteció en mi familia, puede ilustrar un poco. Ocurrió un grave accidente en mi casa, una de las piezas estaba constituida por un muro alto de piedra, así como una cerca, y el techo de zacate de dos aguas. Sin saber cómo, de pronto empezó a arder todo el techo. Adentro del cuarto, en su cama, dormía uno de mis hermanos, pequeño aún. En la confusión de querer apagar, recordaron mis padres que el niño estaba adentro. Mi padre se descuelga el escapulario y llevándolo en la mano extendida y rezando, se lanzó a sacar al niño. Salieron ambos ilesos, sin que les hubiera pasado nada. La fe de mi padre confiando en el escapulario los salvó.

Por más de cuarenta años, Chana, Emilia y alguien más estuvieron atendiendo primero La Mesita y después El Localito. Eran los tiempos también en que hacían el aseo del templo las señoritas Lupe Ibarra, Concha Ibarra y Panchita, que murió hace poco así como don Lucio que era el sacristán y compañero con Pedro Ortiz. El cantor en el coro era don Lorenzo de la Mora, que hacía aquellos hermosos monumentos en La Semana Santa.

También me falta aquel señor que acompañaba a don Lorenzo a cantar, el Señor Hermosillo. Bueno, pues saludamos a esas damas piadosas que nos proporcionaron felices momentos al vendernos esos útiles religiosos, y que Chana siga haciendo rosarios.

Y con esto decimos que así fue Tepa en el tiempo.

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