Agua que canta
Por Oscar Maldonado Villalpando
Loca de risa, embriagada de gusto el agua
brinca toda continencia, salta fronteras, quebranta sus votos y promesas, grita
enloquecida e inunda el paraje enverdecido con canciones de matices disímbolos,
giros violentos, compases solemnes y acentos sublimes. Huye pero se queda al
mismo tiempo.
La tierra cuaresmal, la tierra penitente
hoy rebosa de flores sobre su enagua de esmeralda. Las lomas polvorientas hoy
son prados hermosos. Los ayunos de ayer se hicieron abundancia. Las otrora
peñas pobres empinan abundancia. Y baña el alma de todo, los sentidos
penetran las profundidades.
Cuentan que aquellos españoles
escogieron, por grupos de familias, en esta tierra nueva, su vergel. Algunos se
tuvieron por dichosos al encontrarse en estas lomas tan predestinadas. Y
fueron transfigurando los parajes con la fuerza de sus sueños, de su ilusión,
de su sabiduría.
Cuando Dios llueve es una gran bendición.
Mano omnipotente y generosa es la del Señor que suelta sus misterios en las
gotas de lluvia, que se transforman en avenidas torrenciales.
Yendo un poco hacia donde el sol sale,
para donde mira el templo en San Diego de Alejandría, las grandes aguas hacen
un compás de espera en una enorme presa de nobles piedras coloradas, tiene
vetusta y sapiente historia, y en el tiempo oportuno, cuando Dios las impulsa,
por agosto y septiembre, se sueltan los cabellos, abandonan pudores y se van
presurosas por el camino del arroyo derrochado canciones, los pechos al viento
enteramente disolutos. Donde los labios del calicanto besan la epidermis de de
aquel inmenso espejo, allí precisamente se hace la fiesta, donde se precipitan
y se abandonan a la suerte.
Es un torbellino, es una borrachera,
hasta los peces brincan, hasta las garzas pescan, el granjeno, el sauce y la
hierba se doblegan al galope del agua. El cuerpo de la presa es hoy como un
retablo, gradas de un altar, velo de novia palpitante, que se diluye, que se va
para siempre pero nunca se acaba, cortinaje de perlas, espumas tembladoras,
magia de burbujas, nudos, requiebros, brillos, labios, lentejuelas.
El agua va abriéndose el pecho, asomando
sus entrañas tan hondas, tan íntimas, develando sus misterios arcanos, su
embrujo y poderío, su altivez, su soberbia, su humildad y su sencillez
franciscana. Hermana de nosotros, amiga tan querida, nuestro mar maternal,
madre primitiva.
Agua de cuerpo zarco y ojos de arco iris.
Agua que, a un tiempo, tiene filo invisible, manos para abrazar, besos
interminables y seductores. Agua doméstica, consubstancial al hombre,
agua que es, en la lluvia, palabra y regalo del cielo pero que nosotros la
hacemos caer en tentación, en pecado a trueque de nuestras inmundicias.
Agua que juega, que refresca, que canta.
Al fin, todo esto es un milagro y un
privilegio de Dios nuestro Señor, porque, decía el ranchero, “Cuando Dios
llueve es una gran bendición”.
Que contrate tan inmenso vive nuestra
tierra en Los Altos, mientras en otros lugares se ven amenazados por
inundaciones y peligros a causa de las tormentas, nuestra tierra, adolece y
sufre. Se asoma el pelillo, el pasto tierno, incipiente y bien pronto se
marchita. Cada vez el problema se acrecienta, en aquellas tierras necesitadas
no se junta agua para las cosas indispensables del ganado y las siembras. ¿Por
qué? Aquellos temporales que hacían diferencia, que cambiaban el entorno ¿se
han agotado totalmente?



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