Por Gonzalo "Chalo" de la Torre Hernández
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Despunta apenas el alba en el horizonte de un nuevo día; aún no asoma el sol pero ya la claridad comienza a ser visible y la silueta de los árboles se dibuja en el aún estrellado cielo.
Dos caminantes, Gonzalo y Patrocinio, tío y sobrino respectivamente se encuentran ya en las cercanías del rancho del tío mayor, el tío Urbano, quien les ha mandado llamar el día anterior, ya que necesita su ayuda en un caso por demás insólito.
Aún no saben de qué se trata, pero con las poca claridad que ofrecen los primeros y prometedores rayos del astro rey, notan algo medio raro; les pareció ver en el arroyo proveniente del rancho que el agua se veía demasiado blanca para serlo. Más bien parecía leche. Sí, era leche, confirmaron luego de probar el líquido que discurría por entre los berros, cilantros y acahuales.
Pero no era poca; el caudal si bien no era muy fuerte, sí era constante y parecía inacabable. Ya el tío les esperaba junto a un fogón y retirando una tiznada olla de barro de los tenamaztes aún calientes con los tizones restantes, les ofreció un café que aceptaron de buen gusto. ¡Ahhh! un cafecito con canela y un poco de rompope a esa hora y luego de una larga caminata, no caería nada mal.
Mientras saboreaban con deleite el dichoso cafecito, el tío les explicó que tenía un problema. Una de sus vacas, llamada "la consentida" desde ayer no paraba de dar leche; ni siquiera era necesario ordeñarla, solita parecía fuente cada una de sus ubres; era por eso que les llamaba para que le auxiliaran.
Siguieron el cauce del arroyo y llegaron a la presa de regular tamaño, un poco antes completamente seca, ahora repleta de leche. Sus ojos y entendimiento no podían dar crédito a lo que veían. ¡Qué gran cantidad de leche!
La presa ya rebosaba del albo líquido pues seguía llegando el caudal, ya que " la consentida" no dejaba de manar leche por sus chiches. La cuestión era qué hacer con tanta leche.
Gonzalo y Patrocinio se miraron y sin mucho pensarlo afirmaron: Pues hacer queso, tío. Ya que en caliente y de repente ni se siente, pusieron manos a la obra. Juntaron a toda la gente que pudieron de los ranchos vecinos y entre todos, lavando en la pequeña cascada de leche los moldes para los adobes, convirtieron esos lares en una provisional pero enorme fábrica de adoberas de queso.
Aquello era una algarabía increíble. Las lomas y laderas nomás blanqueaban de queso y el olor de ese producto fresco lenaba el ambiente y excitaba el apetito. Y la vaca seguía manando leche. Muy contenta, eso sí, mascuzaba su rastrojo y rumiándolo pasaba el tiempo empeñada en espantar a las moscas con coces y movimientos de su cola. Ni siquiera era necesario echarle un pial.
¿Y ahora, qué hacemos con tanto queso? se preguntaban. Pos comerlo y el que quede, pos venderlo.
Comenzó la repartición y muchos rancheros llevaban sus itacates repletos, mientras otros seguían elaborando queso hasta que la tarde comenzaba a pardear en que la vaca por fin dió señas que disminuía el caudal conforme la luz del sol se iba apagando. Al obscurecer, el lácteo por fin dejó de fluir.
Cansados pero contentos y hambrientos, antes de cenar y retirarse a dormir en el tapanco, pusieron en el fogón una olla con nixtamal para pozole y unas chilacayotas en otra para comer al día siguiente.
Al alba siguiente, muy temprano (es sabido que los rancheros no pueden dormir hasta tarde) se levantaron y vieron las blanquecinas y lácteas lomas. Mientras saboreaban un nuevo cafecito y unos tacos de frijolitos con huitlacoche y chile, comenzaron a organizarse para la venta de tantísimo producto.
Al paso de los días, la venta del queso disminuyó pues el mercado estaba ya repleto y nadie quería queso, sino salir de la ratonera, como luego se dice.
Pero el tiempo y el sol, siguieron haciendo su labor. El queso comenzó a echarse a perder. Algunos chamacos se pusieron a jugar con los muchos restos y quedaron todos chamagosos al terminar su juego.
De los quesos comenzaron a brotar ejemplares de otro tipo de fauna: los gusanos propios de un queso fermentado. Las larvas queseras proliferaban y fué inevitable aquel criadero de gusanillos.
Los azulísimos ojos de Gonzalo se encontraron con los ojos verdes de Patrocinio. Un brillo especial apareció en sus miradas y no fueron necesarias las palabras; se conocían muy bien.
Ambos supieron lo que iban a hacer con aquel mar de gusanitos. Buenos p'al negocio y a cual más de ocurrentes, comenzaron a distribuír de manera uniforme aquella infinidad de animalejos, dejándolos secar a los generosos rayos del sol, con la espeta de conseguir algo más de "centavitos".
Una vez colados debidamente en el arel, aquellos anteriores gusanitos, encostalados y llevados al mercado se convirtieron en platillo de lujo de las mejores mesas: arrocitos crujientes con sabor natural de queso.
Don Gonzalo fue mi papá y Patrocinio es mi primo hermano; este cuento es idea original de ambos. Se los compartimos esperando sea de su agrado.


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