Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com
Se cumplieron ya 3 años de haber fallecido el inolvidable Papa misionero.
El desenlace final inició el 30 de enero, cuando el mundo vio por última vez la sonrisa de Juan Pablo II. Esa última sonrisa se la debemos a una paloma traviesa que ante el frío que hacía ese día en Roma, decidió que era preferible quedarse en el apartamento papal y renunciar a los cielos de Roma. El Papa apareció en la ventana de su estudio privado, como todos los domingos, para rezar el angelus.
Con las pocas fuerzas que tenía, el Papa intentó agarrar a la paloma para que volara, pero la terquedad de la paloma aunada a su debilidad hicieron que el intento fracasara, causando la ligera sonrisa del Papa, que a todos nos sorprendió porque el Parkinson le había quitado toda expresión a ese rostro.
El domingo 20 de febrero, al final de la semana de ejercicios espirituales, Juan Pablo II se asomó a su ventana y logró pronunciar integralmente su mensaje y su bendición. Con voz algo ronca recordó que la tarea del Papa es esencialmente estar “al servicio de la unidad de la Iglesia” y que él sentía particularmente viva en el ánimo “la invitación de Jesús para alimentar a sus ovejas”. El miércoles 23, sin embargo, para protegerse de las infecciones, el Papa celebró desde su casa su primera videoaudiencia general.
En los días que siguieron a la traqueotomía, el Papa se asomó varias veces, mudo, con el rostro marcado por el sufrimiento, con la mano débil, que antes de intentar saludar o bendecir, se apoyaba en el cuello, como para enseñar al mundo la cánula que le hacía sufrir y le obligaba al silencio.
El domingo 13 de marzo el Papa se asomó por la ventana de su habitación y logró pronunciar con bastante claridad un breve mensaje. Todos quedaron gratamente sorprendidos y pensaron que este Papa seguiría dándonos muchas sorpresas. Ese día fue la última vez en la que Juan Pablo se dirigió directamente a los medios de comunicación. Consciente del enorme despliegue mediático alrededor del hospital, que él solía llamar el Vaticano número tres, el Papa les agradeció su labor informativa que “hace en cualquier lugar del mundo me puedas escuchar y acompañarme con el afecto y la oración”. También añadió que “es grande la responsabilidad de los que trabajan en este campo, quienes deben dar una información precisa, respetuosa, de la dignidad de la persona humana y atenta al bien común”.
Le preguntaron al Papa si quería regresar al hospital. Contestó que quería quedarse en casa. Su secretario comentó que Juan Pablo II quería morir en casa, como se hacía antes, rodeado por sus seres queridos. Sabía que ya no había nada qué hacer.
El 2 de abril las condiciones de Juan Pablo II empeoraron aún más, la fiebre volvió a ser muy alta. Hacía las 15:30, con voz muy débil, le pidió a su hermana Tobiana que lo dejaran volver a la casa del Padre. El Papa entró en coma hacia las siete de la noche. A las ocho se celebró la misa de la Divina Misericordia. Los cantos polacos en la habitación se mezclaban con las oraciones en la Plaza de San Pedro. A las 21:37 Juan Pablo II murió. Se prendió la luz en la habitación y el mundo supo que había acabado el calvario del Papa.
Esa noche, al igual que la anterior, se había organizado el rezo del rosario en la Plaza de San Pedro. Hacia las 9 de la noche el cardenal Edmund Casimir Szoka, presidente de la Comisión Pontificia para el Estado de la ciudad del Vaticano, al presidir el rosario con voz entrecortada por la emoción, exhortó a los fieles a vivir el rezo del rosario como un don filial, mientras el Papa emprendía su último viaje.
El anuncio de su muerte fue dado por monseñor Leonardo Sandra. Minutos más tarde el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado de la Santa Sede, bajó a la Plaza de San Pedro donde decenas de miles de personas escuchaban en silencio las campanas que tañían “ha muerto”. “Todos nosotros nos sentimos huérfanos” dijo, interpretando perfectamente el sentimiento de la multitud.
La misa fúnebre inició con el canto gregoriano “Concédele descanso eterno, Señor”. Ciento sesenta cardenales aparecieron en procesión, con sus rostros tristes, sus mitras blancas y sus paramentos rojo púrpura.


0 Comentarios